Una, grande y libre per Javier Quintanilla

post quintanilla La España que me habían enseñado, no existía; no había una, sino dos, y dentro de una de ellas, unas cuantas más que no querían llamarse así. No éramos grandes, sino pequeños y contenidos. Y lo de libres, no se refería a la libertad como seres humanos; era la liberación mediante la eliminación, de las ideas de igualdad y fraternidad defendidas por aquellos extraños que perdieron la guerra.

Hasta hace pocos meses la plaza de la Iglesia del pueblo donde vivo y tecleo, estaba dedicada al viejecito entrañable de los cuarenta años de paz. Treinta años después de aquella transición, y setenta años más de acabada la guerra civil, todavía hay una gran losa de azulejos incrustada en la fachada principal de la iglesia como tributo a la memoria de los vencedores mártires caídos por Dios y por España. Varias calles seguían dedicadas a los diferentes generales victoriosos de la guerra, dignificada como cruzada; algunos de ellos, muy célebres por sus actuaciones sangrientas contra los ya derrotados. Y solo ahora, por imperativo legal, han sido cambiadas. Y el mismo alcalde que se negaba a retirar esos nombres, en un acto de magnánima espiritualidad democrática, permutó el nombre de uno de los vencedores, por el del primer presidente negro de los Estados Unidos de América.

Durante la guerra esa que no existió, pero siempre se intenta borrar; cuando Madrid iba a ser ocupada por las tropas insurrectas, el gobierno de la república española, se refugió en este pueblo. Aquí escribió una parte de sus memorias el ya casi exiliado Presidente del gobierno. Pero de ello no queda nada, ni una placa, ni un callejón, ni siquiera un mal olvido. Y desde luego no hay memoria para los fusilados vencidos, ni para la concordia, ni por un futuro común. Los vencedores, siguen considerándose en su victoria, defensores de unos valores inalienables cedidos por Dios. Y los perdedores, los perdedores somos todos, aprisionados por esas dos Españas que siguen helando el corazón. El Viejo dictador desapareció, pero el pueblo había tenido tiempo suficiente para aprender a ser temeroso de sí mismo y del Dios que ganó la guerra, hábil ingeniero perpetuador de una genética que acecha las cunas donde nacemos, intentando desarrollar  vasallos, pícaros o caciques.

Cualquiera, que no cumpla ese código genético, puede ser intruso; percepción inconsciente del abismo por el que deambula nuestra cotidiana torpeza superviviente;  fabricando, copiando trucos que nos mantengan en el lado normal de los reconocidos. Nos agrupamos, nos afiliamos: religión, nación, equipo de futbol, partido político, asociación de amigos de los trenes…  Todo lo que nos dé un uniforme, un escudo, un carnet, un grito común, sirve para que los demás no se extrañen de nuestro ego.

Y no nos dimos cuenta que Ellos, seguían adquiriendo el conocimiento sobre el miedo, la mejor herramienta que les ayudaría a convertirse en desconocidos gobernantes elegidos por mayoría. La dialéctica pomposa serviría para organizar con disimulo, las desidias que ignoran conflictos, desapegos y olvidos. Pactarían derechos y necesidades, nos  rodearían de cámaras de seguridad, nos empujarían a diluir lo individual en turbas compactas de íntegros repeinados para mantener en la mente de la muchedumbre lo fácil que es ser rebelde, víctima y ajusticiado. Enjabonarían nuestros lamentos en una mayoría silenciosa que nunca traspasa los tabiques de sus casas. Amortiguarían el temblor de los cristales para que el pueblo pudiera dormir tranquilo…

Javier Quintanilla     5 de Marzo de 2013

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